lunes, 25 de abril de 2011

cuántica

no se puede más
que observar el descenso de algunos
rapaces,
como se revuelven
en la carne

son verdaderas gemas
ocultas
en el centro del miedo,
la defensa
por principio
es el agujero
que el miedo circunscribe

y también, en la enfermedad
sentir el estremecimiento
vital
algo que no nos pertenece

digo, en serio,
en otro tono
de otra forma
por agotarlas todas
que sí,
he estado de pie en la noche
observándola desde
cualquier ventana
esperando descifrar su rumor

y todo lo que alcanzo a oír
es música

y todo lo que recuerdo
son las intenciones
de los hombres
el desafío
de la dirección

quizá, todo se devuelva
si por eras, o segundos
nos estacionamos en
estático consumo del tiempo
para comprender el roce
que sacude todo de la memoria
(y de la historia, su agenda temperamental)

y las muescas del hombre
tendrán sentido para mi
en mi soledad
en la noche
como ecos y lagrimas
ridículamente
necesarias
para experimentar el Eso
de nuestras edificaciones

diré al menos
la estratificación
y las distinciones
de lo sublime
caben dentro
de los fenómenos
físicos
que gobiernan
absolutos
sobre la existencia
y luego la razón
(y sus crías…)

algo hay de natural
en este hedor

dime si acaso
no lo sientes, ¿Ah?
no somos nada
diferentes
el rumor,
el tambor debajo
de la ciudad,
el aviso,
los parias que viven
refugiados bajo las glorietas,
anclados a los rincones,
y los otros presos de los talentos
¿Ah?
nada huele muy bien, ¿No?
nada está precisamente en su lugar…

sencillamente porque creemos
que la crueldad se inscribe
en lo arbitrario;
la suerte que manejamos
por indecisión

la seguridad abre
una duda insondable:
las extremidades
tiritan en juicio,
todo tu cuerpo advierte
la presencia de un paralelo,
la ignorancia de los sentidos

y la poesía, pronunciada
se vuelve conjuro

por siempre estas palabras
estarán en su lugar






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