jueves, 26 de mayo de 2011

vibes

Hacia la decada de los 70's, mientras se sosegaba la revolución hippie que tendría como avatar la muerte de Jimmy Hendrix, el jazz comenzaba a gobernar fiero los aspectos más revolucionarios de la música. La lucha, antes institucionalizada en el movimiento cuya relación con la música fue filial, ahora había disminuido su retórica para alcanzar la más puritana de las metonimias: el alarido. La relación entre la música y la libertad parecía mediar a través del exceso; y así ardieron breves y feroces varias gemas de la psicodelia arcana. Los gatos de los 70’s, por otra parte, había advertido el deterioro de la vida convulsionada y, más allá de imitar los valores del suicidio, transfirieron esa energía de colibrí amputado a su música de avanzada. Coleman le apodó “jazz libre” y antes le había llamado “la forma del jazz porvenir”; la traducción al español de “the shape of jazz to come” agrega un valor poético inadvertido en ese entonces. Todas las supernovas que había perecido demacradas (imitando cadáveres de sexagenarios) habían dejado abierto el aspecto formal de su arte, expandiendo las posibilidades hacia la disolución, pero creando una escuela tan estrecha que no fue fácil para los músicos que se adoctrinaban en la peripecia musical que habían despertado Lester Young o Charlie Parker o Coleman Hawkins; no fue fácil para ellos validarse, como habían hecho sus hermanos negros que aspiraban a la vida blanca de clase media baja, a través de su arte, cuando este había perdido deliberadamente su cualidad de librería, su miserable subrayar del hedonismo humano de la época: alcohol, mujeres y fox trot, swing, ragtime, y las big bands lideradas por blancos que bien pagaban a los gatos pero que se adueñaban de las composiciones magistralmente concebidas por arreglistas negros. Esa era la situación en los 30’s y durante los 60’s no fue mejor, incluso aún más crítica, cuando el bop cedió al hard bop y luego el jazz se volvió la insignia de la música de lo otro, verdadera manifestación de la condición ontológica del hombre. El vox populi ahora recuerda a Nueva York como el puerto de excentricidades superiores. Jonh Tchicai llegó a NY, y bien quedó patente el nivel de “misticismo, vacuidad e iluminación” que su disco afrodisiaca atrevió a macular en vinilo. En cada esquina un gato soplaba, y más allá de la orgía africana y su paganismo pragmático, soplar no era un baile ni una comunión, era una forma sofisticada de relacionarse con el tiempo y el aquí; europea, por supuesto, toda filosofía lo es, y esto correspondía al estimulo renovado de recuperar la individualidad más allá del desafío racial de sus ancestros, rebeldes, azules y luego meritocráticos jazzmen que mendigaban su talento para con el hombre blanco, y así acceder (en proyecciones vanas) al paraíso de la igualdad norteamericana. Muchos de estos gatos encontraron junto con el “nuevo sonido” una África más allá del baladro que traían sus hermanos ancestros. Ya no había espacio para el salvajismo y el ritual, no por lo menos como lo sugiere Lawrence – vivir la vida como un ritual – el hombre negro había dejado de ser el paradigma del desencontrado, hijo de Cristo, antiguo caníbal devorador de corazones. La fe Islámica atestigua esta transformación. Hallaron en esta religión los aspectos sofisticados y etnográficos que satisfacían sus necesidades intelectuales. El gato del jazz libre se había convertido en un apasionado intelectual, cambiando los andrajos bop por las túnicas y la melodía por la disonancia. El traje siempre se mantuvo, al menos en aquellos que se dedicaron al avant-bop, Mingus entre otros, bien entallados sudando sus trajes de oficinistas jazz ante un público cada vez más diverso, sofisticado y snob. No es difícil adivinar esta apreciación cuando viajamos a Sudamérica y comprobamos, en ese delay de una triada de décadas propio de este cono, que el jazz es un incomprendido gusto que sugiere la presencia de un intelectual complejo, que haya placer en los deltas del gran rio cultural que masturba a sus contemporáneos; un outsider altivo, mejor que los demás en tanto se habita a sí mismo y habita el tiempo que para los otros se sucede dramáticamente. Una religión, también, que habría de censurar los viejos excesos que caracterizaban el jazz (Louis Armstrong fumaba marihuana todos los días, y los derivados del opio fueron fuertes canalizadores de la música negra que se asumía avant-garde de su ejército mulato) en trueque por una espiritualidad confusa y panteísta, que tendía a beatificar a sus inscritos, endureciendo sus rasgos, volviéndolos rudos demagogos del poder negro. Strata-East fue la loba de todos estos huérfanos de África, que durante los 50’s habían comprendido su cualidad de bastardos de Norte América y se habían rebautizado en la ley de Alá, poco comprendida en el continente. Esto agregaba profundidad y misterio a sus producciones musicales, todas enmarcadas dentro de la alucinación de trascendencia. Mtume confirma que su música es simplemente un capullo transportador hacia una tierra negra, de belleza incomparable, donde reina la fertilidad y el sosiego. No así las contribuciones de Amiri Baraka para Sonny’s Time Now, “Black Poem”, verdadera Jihad Anti-Poética. Ambas manifestaciones fueron fuertemente intelectuales: tanto el “soul jazz” con su calma helénica como el “free jazz” con sus alaridos instalados en la breve instancia de la representación: el hombre negro estaba creando su propia mitología (¿No hace falta nombrar a Sun Ra, no?) como todas las mitologías son formadas, recogiendo fragmentos de culturas en desuso o tradicionales e importantes movimientos a kilómetros del lugar donde residimos. Esto es lo que llamamos la identificación, y lo que se define por patria moderna o bandera. Por sublime que esta música ocurra (el verdadero verbo de un arte superior), no fue solo una producción espontánea del hambre espiritual de un hombre, sino parte íntegra de un proceso de reconstrucción racial. Es increíble lo fácil que es trazar una historia de la presencia del negro en Norte América y comprobar que cada aparición estilística desde el ragtime, el blues, el jazz y sus ramas tienen su homologo en las peripecias y puntos de giro de estos extraños en un nuevo mundo, tan abyecto y más que su África esclavista *. Y esto no sirve para determinar la concomitancia de dicho proceso, sino que indica que ambos procesos son en realidad uno, y que mucho de lo que el negro ES en Norte América (ese ser que define a las etnias, según su aporte histórico) es la música que han forjado con un esfuerzo poco símil a las labores del herrero sino más parecido al delgado arte de la esgrima; música que, al contrario de lo que nuestras debilitadas democracias quieren sugerir, aún le pertenece exclusivamente al hombre negro en tanto él es el único que posee las claves para determinar el quiebre, la reconstrucción y la renovación de este fenómeno cultural mayor.

* Blues People: Negro Music in White America, por LeRoi Jones, 1963.

martes, 10 de mayo de 2011

apuntes para la labor detectivesca (parte uno)

La inquietud profunda por el ser humano. Por más que dirija mis sentidos hacia el cosmos, o bien hacia lo mineral, cada vez que la reflexión supera a la “raza” vuelvo (suponiendo es el comienzo, aseveración que la intuición soporta) como “inspirado” (inspiración que se le atribuiría en un imaginario superfluo a los poetas románticos) hacia el humano, para instalarlo en la problemática y para resolverme a mí mismo. Muchas veces he intentado adoctrinar mi pensamiento, obligarlo en reflexiones disparatadas, tramar relaciones imposibles, posicionar los bestiarios por ordenanza estética y en ella, todo lo que en realidad nos nombra o denomina. Es relativamente sencillo vivir este desdoblamiento, este convencimiento de la individualidad. Retóricamente es de fácil investidura, y la poesía hace otra cuota de escudero salvaje, de extraño lazarillo oriental cuya fe y cuidados solo podemos probar pero no conocer. Son misteriosas las ilusiones del hombre. Misterioso es el camino de señalar cuál de esas ilusiones supera su etapa de espejismo para encontrarse de vuelta con el hombre, luego de le peregrinación… Hasta ahora, la labor de detective ha probado ser otra petrificación, un busto erigido, un “marco teórico” si se le prefiere, dentro del cual no se ha inscrito nada aún que supere sus limitaciones. Una actividad elíptica, que se inscribe a los dibujos del azar y que también calza a-la-deriva. El misterio florece ante la imposibilidad metafísica de tipear, de concebir: honestidad, fraternidad. Todo amor me parece de una homosexualidad fijada por el abuso, que, como bien apuntó alguien muy cercano a mí, difumina una homosexualidad que superfluamente llamamos genética, instalando el pavor al azar, la maldad y su incidencia sobre nuestro cuerpo. El detective da caza al humano. Es por esto que se vuelve otra cosa, y su ansiedad aumenta mientras crece esa doble distancia con su objeto: la proximidad de los afectos y las heladas conclusiones para el corazón metafísico. El detective se fija en el cosmos, desde la roca, desde la grieta observa todo como si ya-hubiese-pasado, pero, cuidado, es una calma que acabara por determinar un movimiento; el detective está condenado a participar de las actividades del hombre y ser cómplice de cada pensamiento. Como poeta, habitando los corazones, el detective permanece para explicar las ocurrencias y reflexiones de los individuos con los que se topa. En este sentido el clamor psíquico, el grito perpetuo es ensordecedor. La verdadera voluntad acusa en el silencio un pulso trepidante de una violencia helénica y sublime. Siempre, y digo perpetuamente está ocurriendo otra cosa, el diagrama es muy distinto del iluso movimiento que dibujan los desplazamientos, y toda referencia cartográfica no es sino una oportunidad. El detective es ruidista y está entrenado en los artificios de la maquinización; lo suficiente para perderse como inmortal en la arena. Pierde su oportunidad. A cada vez pierde su oportunidad, porque el detective sabe bien que avanzar o retroceder es una ilusión y que intentarlo una vez, dos veces e intentarlo por siempre es la condición humana en su génesis y que dentro (del circulo que inscribe) o su despliegue de virtud está observar, observar y volver a determinar la observación de cada intento hacia-el-otro…

viernes, 6 de mayo de 2011

you still don't get it, do you pal?

“Despierto” cuando advierto el sol tapado por una neblina delgada, como un velo graso que se deposita en abrigo de la ciudad. Es un frio reconfortable. El sol acusa celeste detrás de la cortina y se deja mirar de frente. Es un buen anuncio, todavía, desperezarse al aviso del sol, como viejos recuerdos de círculos y voces corales. Sigues siendo humano, afirmo, y avanzo hacia el día. 14 días de agudo reconocimiento de mi cuerpo, sus partes aparecen segmentadas de mi sistema nervioso y, donde hay vida por desorden, hay también una voluntad de extinción sin paralelo en mis cavilaciones anteriores. Los vicios vuelven o nacen con espontanea necesidad. No tengo como evitar el tabaco y el café. La falta de salud me remite primitivo a la saciedad de este saco descocido que llevo de jirón y carne. No me hace falta caminar para sentir la arritmia y descuadre de mi figura de espalda sobre el rio que corona nuestra civilización. Sentado soy perfectamente inútil, salvo para pensar en mi mismo, de forma que mi mismo es una máquina complejísima cuyos movimientos no adivinan propósitos ni designios, y abandonado a la historia, trata de repetir rituales literarios sobre meditaciones metafísicas. Y tampoco me preocupa tanto permitirme los abusos de la imaginación, si sus resultados son la completa devaluación de mi persona meritocrática podría considerar dicha consigna como una victoria de mi pensamiento sobre su eco involuntario, propio de los años que corren (como caballos salvajes…) y propio también de los usos del dialogo. Visito a M que vive a cuadras del monumental edificio que encierra mi trabajo actual. Barrio bellas-artes es realmente un confluencia extravagante, un espacio creado por la cultura y al final, sus fines blandos y sus modales estrechos y el augurio de lo superfluo. Puedes encontrar alguna cosa, joyas desterradas, mujeres a la altura del producto, ambulantes, santos parias predicadores del final, y al divinísimo anticristo enmarcado de gloria vagabundea, ígneo como su propia mitología permite. El edificio queda en la esquina de Merced con Lastarria. Subo y me deslizo y sé que podré arrojarme victoriosamente sobre una cama y leer a Crowley o a Kafka o quien sea que pueble el imaginario de M, un imaginario que compartimos en extensión psíquica pero que difracta poderosamente en nuestra forma de experimentarlo, de llevarlo a cabo. Hemos cogido el hermanable hábito de diferenciarnos por cosas como la siguiente: cuando nos vemos y nos saludamos procedemos así: yo llevo mi mano en búsqueda de la suya que la evita y se encorva en mi cuello y me acerca y nos besamos en la mejilla seguido de un abrazo antiguo, de intensidad regular que se extiende sin incomodidad hasta el desapego de cualquiera al azar. Mas yo siempre quiero alcanzar su mano, yo siempre quiero demostrar una cuota más de respeto ante ese tótem que se erige en la ciudad Santiago y que defiende su hito en la hipérbole de mi vida. Más allá de eso, M ha probado ser más tribal que yo, y yo conozco más que él sus costumbres tribales, y ese es nuestro trueque, o al menos el trueque que permite estas extensiones sobre las peculiaridades de mi amistad con M. “The book of lies” brilla como oro americano en los ojos del explorador incauto que soy. Vibro en éxtasis al recuerdo de literaturas astrológicas, o de dimensiones permitidas al entumecimiento de los sentidos sobre excitados. Hay palabras que se pueden decir en alto y otras que derrumban en silencio la voluntad de los hombres, con astucia oscura, dejando solo el resto de la culpa que le pertenece a él. Pero no somos los únicos que incidimos en el absoluto. Como mi cuerpo, un poco enfermo, menos enfermo ahora en esta habitación, las palabras se separan y desmenuzan y se levantan sin mayor impulso que la oralidad, siquiera el discurso, para hacer su efecto. Mientras M persigue cables en su emulación del Moog, arranca frecuencias uterinas que contentan mi sensación de abrigo, yo leo las palabras que Crowley ha dejado articular a través suyo, en su absoluta astucia animal. Pero son palabras que no debo repetir, salvo una advertencia feroz: es la de la futilidad de los actos que ubiquen, desplacen o comparen nuestra condición utilitaria. Cada vértigo y espiral de las puntadas de Crowley asegura la poderosa influencia del discurso holístico. El ojo, la visión subjetiva, la inutilidad del movimiento, la reflexión TOTAL. EL mundo te toma si este no tiene espacio en tus reflexiones, te toma y te usa, y más vale adentrarse en la oscuridad, más vale pensar todo, disociar el cuerpo de tu astucia, asustarse y enfermarse y en ello descubrir el fracaso de las convenciones sociales. Como el sol dibujado de la mañana, el sol acuarela que tenue permitía el descanso sobre el todo, del cual el conocimiento debiese hacerse responsable, las palabras y la música new age de M sorben de ritual mi presencia, invocando al humano de turno, como los gatos de las brujas asesinadas o los poemas de los demiurgos santiaguinos. Me pongo en posición de cordero, máquina bellaca y dejo que se articulen los designios naturales por oficio de mi vitalidad. La noche va asomando tranquilamente para mí. M hace café de grano y hablamos del miedo. Nos reímos con absurdas películas mal montadas de un lenguaje tan sofisticado como la intrincada tarea de traducción japonesa, y todo lo que no tiene orden ni progreso, ni se afecta, es nuestro gusto por el tiempo que dura nuestro pequeño contagio…

sábado, 30 de abril de 2011

(en el centro)

Deja la mañana de lado
sentado en tu asiento,
deja que el frio
suba
en recuerdo
de la inmanente histeria
de los días

Recuerda las postales urbanas
las escaleras repletas, los cuerpos
apenas urgiendo la compañía,
la soledad de los carros, la
violencia que despiertan los
ancianos ineptos
y las peores posibilidades
que el mundo está
por entregarte

Y qué, mientras la salud
acompañe a medias, no serás
más que un cínico desencantado
que ha visto a sus amigos
mentir
y a sus conocidos
envalentonarse
en sus intento precarios
de notoriedad
y merito

Serás el ojo de Ra
dentro de tu miserable
castillo, su atalaya
las morales que has
levantado por defensa,
vamos, que hay que creer
en algo, algo como, el amor
o la libertad
del vagabundo errante

Y así la luz, símbolo
arcano de libertad,
cede amarillenta
desde los ventanales
a tu asiento, la mañana ha
sucedido, no te has quedado
atrapado en la oscuridad, la noche
prometía aullidos, pero el silencio
fue más hábil

Te preguntas si no es condición
de tu crianza burguesa, o si tal vez
esos días, en la Plaza Ñuñoa, donde los topos
despertaban antes que tus antojos
de literatura, debajo de las glorietas, fueron
los días de Gloria y Visión, el Ave de Alejandro
o el Aleph, si descubriste realmente que nada
tiene remedio, y, confiado, cediste a la paranoia…
¿Cuándo fue que fuiste a encontrare con ellos de nuevo?

El tiempo fue calando poemas, volviste al recuerdo de la infancia
la maculaste de desesperanza y soledad, había en ella tu hermana poeta,
única digna de encuentro, tu padre, violentamente melancólico, y tu madre…
pues tu madre siempre has sido tú mismo…

Y todo es consecuencia aparente de una promesa de talento muy temprana
unos altares fecundos, flores a maría, obras de teatro, recitales, muy buenas notas
pronunciación inigualable;
claro, no hay otro camino que la educación, y cuando el cuerpo pide elevarse,
o empantanarse en cualquier arteria, arrojado, toda esa cruz la historia todo ese
peso terrible se hace presente en negación, desenfundando la historia del hombre
atrévete, te dice, vamos, atrévete, no es vida para ti, pequeño
y versos tan particulares y bellos, de niños muy inmaduros, repiten tus infortunios
como mantras védicos, o, peor, rosarios desgastados por el roce de los pulgares
como páginas magras que el fuego no acepta, a pesar de su aporte voluntario

¿Qué recuerdas
de la sensación
al borde
del borde?

Cuándo fue la última vez que escribiste deseo estar solo
En cualquier lado, medio borracho
Y simplemente afectarme, por mis sentidos, calarme de frio
O bien afiebrarme, desafiar la salud, ponerme mal, estar al tanto
Del categórico minutero de mi cuerpo…

Cuándo fue la última vez, si es que hubo alguna vez, que viste
todo con ojos paganos, que desafiaste los símbolos, que unificaste
las razones de tus sentidos, que portaste los colores y pensaste
en todo al mismo tiempo;
quizá…con un breve haiku sentencioso…

O el momento, débil en la estela de la comprensión,
donde vi el futuro en tus Ojos

lunes, 25 de abril de 2011

cuántica

no se puede más
que observar el descenso de algunos
rapaces,
como se revuelven
en la carne

son verdaderas gemas
ocultas
en el centro del miedo,
la defensa
por principio
es el agujero
que el miedo circunscribe

y también, en la enfermedad
sentir el estremecimiento
vital
algo que no nos pertenece

digo, en serio,
en otro tono
de otra forma
por agotarlas todas
que sí,
he estado de pie en la noche
observándola desde
cualquier ventana
esperando descifrar su rumor

y todo lo que alcanzo a oír
es música

y todo lo que recuerdo
son las intenciones
de los hombres
el desafío
de la dirección

quizá, todo se devuelva
si por eras, o segundos
nos estacionamos en
estático consumo del tiempo
para comprender el roce
que sacude todo de la memoria
(y de la historia, su agenda temperamental)

y las muescas del hombre
tendrán sentido para mi
en mi soledad
en la noche
como ecos y lagrimas
ridículamente
necesarias
para experimentar el Eso
de nuestras edificaciones

diré al menos
la estratificación
y las distinciones
de lo sublime
caben dentro
de los fenómenos
físicos
que gobiernan
absolutos
sobre la existencia
y luego la razón
(y sus crías…)

algo hay de natural
en este hedor

dime si acaso
no lo sientes, ¿Ah?
no somos nada
diferentes
el rumor,
el tambor debajo
de la ciudad,
el aviso,
los parias que viven
refugiados bajo las glorietas,
anclados a los rincones,
y los otros presos de los talentos
¿Ah?
nada huele muy bien, ¿No?
nada está precisamente en su lugar…

sencillamente porque creemos
que la crueldad se inscribe
en lo arbitrario;
la suerte que manejamos
por indecisión

la seguridad abre
una duda insondable:
las extremidades
tiritan en juicio,
todo tu cuerpo advierte
la presencia de un paralelo,
la ignorancia de los sentidos

y la poesía, pronunciada
se vuelve conjuro

por siempre estas palabras
estarán en su lugar