La inquietud profunda por el ser humano. Por más que dirija mis sentidos hacia el cosmos, o bien hacia lo mineral, cada vez que la reflexión supera a la “raza” vuelvo (suponiendo es el comienzo, aseveración que la intuición soporta) como “inspirado” (inspiración que se le atribuiría en un imaginario superfluo a los poetas románticos) hacia el humano, para instalarlo en la problemática y para resolverme a mí mismo. Muchas veces he intentado adoctrinar mi pensamiento, obligarlo en reflexiones disparatadas, tramar relaciones imposibles, posicionar los bestiarios por ordenanza estética y en ella, todo lo que en realidad nos nombra o denomina. Es relativamente sencillo vivir este desdoblamiento, este convencimiento de la individualidad. Retóricamente es de fácil investidura, y la poesía hace otra cuota de escudero salvaje, de extraño lazarillo oriental cuya fe y cuidados solo podemos probar pero no conocer. Son misteriosas las ilusiones del hombre. Misterioso es el camino de señalar cuál de esas ilusiones supera su etapa de espejismo para encontrarse de vuelta con el hombre, luego de le peregrinación… Hasta ahora, la labor de detective ha probado ser otra petrificación, un busto erigido, un “marco teórico” si se le prefiere, dentro del cual no se ha inscrito nada aún que supere sus limitaciones. Una actividad elíptica, que se inscribe a los dibujos del azar y que también calza a-la-deriva. El misterio florece ante la imposibilidad metafísica de tipear, de concebir: honestidad, fraternidad. Todo amor me parece de una homosexualidad fijada por el abuso, que, como bien apuntó alguien muy cercano a mí, difumina una homosexualidad que superfluamente llamamos genética, instalando el pavor al azar, la maldad y su incidencia sobre nuestro cuerpo. El detective da caza al humano. Es por esto que se vuelve otra cosa, y su ansiedad aumenta mientras crece esa doble distancia con su objeto: la proximidad de los afectos y las heladas conclusiones para el corazón metafísico. El detective se fija en el cosmos, desde la roca, desde la grieta observa todo como si ya-hubiese-pasado, pero, cuidado, es una calma que acabara por determinar un movimiento; el detective está condenado a participar de las actividades del hombre y ser cómplice de cada pensamiento. Como poeta, habitando los corazones, el detective permanece para explicar las ocurrencias y reflexiones de los individuos con los que se topa. En este sentido el clamor psíquico, el grito perpetuo es ensordecedor. La verdadera voluntad acusa en el silencio un pulso trepidante de una violencia helénica y sublime. Siempre, y digo perpetuamente está ocurriendo otra cosa, el diagrama es muy distinto del iluso movimiento que dibujan los desplazamientos, y toda referencia cartográfica no es sino una oportunidad. El detective es ruidista y está entrenado en los artificios de la maquinización; lo suficiente para perderse como inmortal en la arena. Pierde su oportunidad. A cada vez pierde su oportunidad, porque el detective sabe bien que avanzar o retroceder es una ilusión y que intentarlo una vez, dos veces e intentarlo por siempre es la condición humana en su génesis y que dentro (del circulo que inscribe) o su despliegue de virtud está observar, observar y volver a determinar la observación de cada intento hacia-el-otro…
No hay comentarios:
Publicar un comentario