viernes, 6 de mayo de 2011

you still don't get it, do you pal?

“Despierto” cuando advierto el sol tapado por una neblina delgada, como un velo graso que se deposita en abrigo de la ciudad. Es un frio reconfortable. El sol acusa celeste detrás de la cortina y se deja mirar de frente. Es un buen anuncio, todavía, desperezarse al aviso del sol, como viejos recuerdos de círculos y voces corales. Sigues siendo humano, afirmo, y avanzo hacia el día. 14 días de agudo reconocimiento de mi cuerpo, sus partes aparecen segmentadas de mi sistema nervioso y, donde hay vida por desorden, hay también una voluntad de extinción sin paralelo en mis cavilaciones anteriores. Los vicios vuelven o nacen con espontanea necesidad. No tengo como evitar el tabaco y el café. La falta de salud me remite primitivo a la saciedad de este saco descocido que llevo de jirón y carne. No me hace falta caminar para sentir la arritmia y descuadre de mi figura de espalda sobre el rio que corona nuestra civilización. Sentado soy perfectamente inútil, salvo para pensar en mi mismo, de forma que mi mismo es una máquina complejísima cuyos movimientos no adivinan propósitos ni designios, y abandonado a la historia, trata de repetir rituales literarios sobre meditaciones metafísicas. Y tampoco me preocupa tanto permitirme los abusos de la imaginación, si sus resultados son la completa devaluación de mi persona meritocrática podría considerar dicha consigna como una victoria de mi pensamiento sobre su eco involuntario, propio de los años que corren (como caballos salvajes…) y propio también de los usos del dialogo. Visito a M que vive a cuadras del monumental edificio que encierra mi trabajo actual. Barrio bellas-artes es realmente un confluencia extravagante, un espacio creado por la cultura y al final, sus fines blandos y sus modales estrechos y el augurio de lo superfluo. Puedes encontrar alguna cosa, joyas desterradas, mujeres a la altura del producto, ambulantes, santos parias predicadores del final, y al divinísimo anticristo enmarcado de gloria vagabundea, ígneo como su propia mitología permite. El edificio queda en la esquina de Merced con Lastarria. Subo y me deslizo y sé que podré arrojarme victoriosamente sobre una cama y leer a Crowley o a Kafka o quien sea que pueble el imaginario de M, un imaginario que compartimos en extensión psíquica pero que difracta poderosamente en nuestra forma de experimentarlo, de llevarlo a cabo. Hemos cogido el hermanable hábito de diferenciarnos por cosas como la siguiente: cuando nos vemos y nos saludamos procedemos así: yo llevo mi mano en búsqueda de la suya que la evita y se encorva en mi cuello y me acerca y nos besamos en la mejilla seguido de un abrazo antiguo, de intensidad regular que se extiende sin incomodidad hasta el desapego de cualquiera al azar. Mas yo siempre quiero alcanzar su mano, yo siempre quiero demostrar una cuota más de respeto ante ese tótem que se erige en la ciudad Santiago y que defiende su hito en la hipérbole de mi vida. Más allá de eso, M ha probado ser más tribal que yo, y yo conozco más que él sus costumbres tribales, y ese es nuestro trueque, o al menos el trueque que permite estas extensiones sobre las peculiaridades de mi amistad con M. “The book of lies” brilla como oro americano en los ojos del explorador incauto que soy. Vibro en éxtasis al recuerdo de literaturas astrológicas, o de dimensiones permitidas al entumecimiento de los sentidos sobre excitados. Hay palabras que se pueden decir en alto y otras que derrumban en silencio la voluntad de los hombres, con astucia oscura, dejando solo el resto de la culpa que le pertenece a él. Pero no somos los únicos que incidimos en el absoluto. Como mi cuerpo, un poco enfermo, menos enfermo ahora en esta habitación, las palabras se separan y desmenuzan y se levantan sin mayor impulso que la oralidad, siquiera el discurso, para hacer su efecto. Mientras M persigue cables en su emulación del Moog, arranca frecuencias uterinas que contentan mi sensación de abrigo, yo leo las palabras que Crowley ha dejado articular a través suyo, en su absoluta astucia animal. Pero son palabras que no debo repetir, salvo una advertencia feroz: es la de la futilidad de los actos que ubiquen, desplacen o comparen nuestra condición utilitaria. Cada vértigo y espiral de las puntadas de Crowley asegura la poderosa influencia del discurso holístico. El ojo, la visión subjetiva, la inutilidad del movimiento, la reflexión TOTAL. EL mundo te toma si este no tiene espacio en tus reflexiones, te toma y te usa, y más vale adentrarse en la oscuridad, más vale pensar todo, disociar el cuerpo de tu astucia, asustarse y enfermarse y en ello descubrir el fracaso de las convenciones sociales. Como el sol dibujado de la mañana, el sol acuarela que tenue permitía el descanso sobre el todo, del cual el conocimiento debiese hacerse responsable, las palabras y la música new age de M sorben de ritual mi presencia, invocando al humano de turno, como los gatos de las brujas asesinadas o los poemas de los demiurgos santiaguinos. Me pongo en posición de cordero, máquina bellaca y dejo que se articulen los designios naturales por oficio de mi vitalidad. La noche va asomando tranquilamente para mí. M hace café de grano y hablamos del miedo. Nos reímos con absurdas películas mal montadas de un lenguaje tan sofisticado como la intrincada tarea de traducción japonesa, y todo lo que no tiene orden ni progreso, ni se afecta, es nuestro gusto por el tiempo que dura nuestro pequeño contagio…

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