Creciente admiración por la música negra. La más feroz esclavitud. Free-Jazz, Afro-Jazz, Soul-Jazz, Hard-Bop: memoria. Memoria más allá del baladro, los libertos, memoria del círculo pagano, el panteísmo monstruoso. Nubes que no se catalogaban y se sucedían como animales fantásticos. Da igual: un recuerdo, un llamado. Otra excusa para sentirse outsider, o por lo menos desalojado de mi tiempo. Buscar lo que sucede; un escriba-tipeador de corazón atonal. Supongo las llamas arden, las he visto en ciertas tocatas cuando se vuelven pulso, alarido o se dibujan como una pintura rupestre. Por ahí, en una ciudad que conoces o no, está sonando ELLO, lo que te toma, voraz, como una rápida sacudida de congoja, y el árbol donde te sientas a reposar (mientras te llevas una mano al corazón y otra recorre la corteza) es su música, no un paréntesis una ruca o un lugar de meditación sino el espacio calándose a si mismo en un puro verbo de autoconocimiento.
¿Por eso volvemos a escribir sobre música, no?
Ah...los discos aplazados, la reproducción. El sonido particular de los nombres, para mi los nombres de músicos negros: los nombres musulmanes, los nombres africanos, los pseudonimos americanos tan hip. Toda una importante clarividencia y una retrospectiva melancolica. Y en eso navego lo sideral sin técnica ni instrumentos, de un acorde a otro. ¡Cómo sopla Coleman con Cherry! ¡Cuan extravagante puede ser Sun Ra! ¡Las marchas de Atlantis! ¡El enjambre de John Tchicai! y así por siempre, porque no hay renuncia.
Pero en ello, claro, lo que subyace es un gran ritual de masturbación, que busca, sin embargo, preceder al deseo.
Es una noble y antipática característica de cualquier persona cansada y lúcida.
Y por eso, también, es que vuelvo a escribir sobre música. Porque ante todo estamos infestados y la visión despertada por la técnica de aquellos trances ahora herméticos por la reproducción genera un deseo tal que se encarga por si mismo de traducir sus efectos como el diario de un alquimista.
Claro que hay vidas que mejor calzarán en un disco, cuyo ritual incluirá la presencia invariable de esa pieza de música, como un bello busto de ojos blancos, extasiado. Y quizá mi vida será una de ellas, por lo menos, por ahora, esos músicos negros despiertan para mi un acontecimiento del que soy casi participe, y que rara vez acompaña a la ciudad. Y a veces también son mi síntoma de descontento, mi refugio extraviado, o en palabras del chinaski argentino "la jungla/selva que le queda a la ciudad" y desde ella grito ferviente mi preferencia.
Pero a veces prefiero tocar, con bella libertad, sin ensayos, o imaginar que mientras escribo esto está sucediendo ELLO que espera las coincidencias para la génesis ritual que perpetúe mi tenue resistencia hacia el gran AGUJERO NEGRO.
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